16/04/2012

El parque de los 'heavys'




Sé que me cuentan
los días,
los abrazos sin hallarte.
Me recuesto
en el suelo,
se me eriza el pelo
al recordarte...

Todavía estoy mal cosida, tantos recuerdos han hecho de mi corazón un corazón de mimbre. Hoy he vuelto al pueblo blanco, a los cipreses que aún quedan en el parque de los heavys.

He mojado mis pies en el barro y he pisado las naranjas con las que un día allí jugamos. Entre mis brazos hoy resuenan cañonazos y voy perdida entre tus dunas hasta aquel lugar, hasta nuestro lugar. Me recuesto en el suelo, se me eriza el pelo al recordarte.

En el parque de los heavys hay montañas de cemento con símbolos y canciones. Los grupos más desgarrados tienen allí su mausoleo. Los bancos están rotos, pero la música no muere. Desde el mirador sigo viendo aquellas lunas de tela, el Sol navajero, nuestras noches en vela en un barco hecho colchón. Se detuvo allí la primavera, cantamos un abril nuestra última canción de revolcones y pateras, de poetas de garrafón.

Cuando el olvido llegó, soltó su melena. Desde entonces, los quejidos de la pena han descorchado las paredes en el parque de los heavys. Ya no me pregunto si me quieres, tampoco sé si yo te quiero, pero tu nombre me revuelve este corazón de terciopelo. Mi almohada está hecha de cuando no estabas, de canciones que nunca cantabas y que un día susurré. Está el coche en el camino, la cinta preparada y que suene Marea otra vez. Los recuerdos arden, pero báñate en mis ojos y que nadie nos encuentre entre olivos y rastrojos. Nuestras miradas se disparan balas de caramelo, nos matamos a tiros de libertad, de reproches y un amor al que no supimos atrapar. Duerme, duerme conmigo, si eres piedra, da igual, yo seré pedregoso camino. Yo te canto, te arrullo, te arropo, te abrigo, te mimo. Se enmarañaban hasta las patas de araña en mi pelo cuando tú me besabas y temblaba el suelo.



Sentada en el parque te pedía hacerme fotos y reíamos viendo al minutero devorar el oleaje. Íbamos allí a dejarlo todo, a quemarnos donde no quedaban dudas. Sabes que si a las heridas quieres echarles sal, no encontrarás otra cosa que cerrojos y cicatrices de soledad. Si a nuestra locura vuelven nubes oscuras, nos cogerán frente a frente y codo con codo. Cada vez estaremos más solos, pero rodeados de gente... El tiempo pasa, pero nunca nos miente.

Tu amor era voraz y débil, remendabas descosidos con una agilidad traicionera. Me llevabas a la casa sin ventanas entre besos y puñaladas. "Coge resina para untarnos poco a poco el cuerpo, por si vuelve la ventolera", decías. Llovía en el parque de los heavys aquella Semana Santa de pateras a campo a través. Yo soñaba que quería soñar contigo. En las horas que nos quedaban y entre trozos de cartón asomados a tu balcón íbamos los dos trasegando.

Se enmarañaban tus dedos en mi pelo cuando nos besamos por última vez, cuando destrozamos sin medida nuestro amor temporero. Queramos o no, tú y yo somos el cielo y el suelo, putadas y amor, pereza y desvelo, lija y terciopelo.


06/04/2012

No tengas miedo



Luego Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De repente, se levantó en el lago una tormenta tan fuerte que las olas inundaban la barca. Pero Jesús estaba dormido. Los discípulos fueron a despertarlo.

—¡Señor —gritaron—, sálvanos, que nos vamos a ahogar!

—Hombres de poca fe —les contestó—, ¿por qué tenéis tanto miedo?

Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo. Los discípulos no salían de su asombro, y decían: «¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y las olas le obedecen?»



Un barco naufraga, tiembla
y se hunde en la tempestad.
Un corazón inquieto, muerto,
se ahoga en mitad del mar.

"No tengas miedo", me dices.
Yo sé que me vas a ayudar
pero las olas son tan altas
que ya me van a tragar.

Se tambalea la barquita
con mis sueños de papel.
Una mujer llora y tirita
con el frío pegado en su piel.

Puse mis ilusiones en una cajita
y al fondo del mar la tiré.
Hoy el infierno mi sangra habita
y siento que navego sin timón,
sin timonel.

Sé que no he sido perfecta
y mis errores me hicieron caer.
Pero tú abriste la puerta,
me enseñaste que con fe
todo se puede vencer.

Es la noche oscura y tiemblo
en una nave a la deriva.
Llegan mis gritos al cielo
mientras sangran mis heridas.

Te pisotearon como a una flor,
te dejaron solo y te olvidaron.
Te engañó quien más te amó
y a en la cruz te condenaron.

Vuelve a mí, tú que venciste
y de tu mano llévame.
Pues mi barco no resiste
y sin tu ayuda me ahogaré.

"No tengas miedo", me dice
quien camina sobre el mar.
¿Qué hombre es éste, al
que el viento y el agua
obedecerán?

Soy tu mano, soy tu fuerza,
soy la luz que hace de faro
cuando en mitad de la tormenta
siempre viajas de mi mano.



18/03/2012

Preso



I si canto trist és perquè
no puc esborrar la por
dels meus pobres ulls.
(Lluís Llach)


No hay aire.

Una gota de sudor se detiene en mi frente. En el pasillo alguien grita. Llega el nuevo. Recuerdo el día en que llegué y me encerraron en esta lúgubre garganta de ballena, entre barrotes. Nunca olvidaré ese día negro. El mundo me abandonó, y yo me abandoné con él.

No soles, no lunas, no nada. Se calló la música y las flores dejaron de nacer. Los pájaros no cantan y no hay niños jugando, sólo miedo. Miedo instalado en el fondo de mis huesos. Miedo y pena recorriendo mi sangre y maltratando mi corazón. Miedo en todas las formas, incluso dentro del vaso de agua que me traen por obligación cada mañana.

Me gustaría conocer el porqué de este castigo, el motivo de mi encierro. Lo di todo por ellos, les enseñé el significado del amor, pero alguien a quien quería me apuntó con el dedo y ahora estoy aquí. ¿La razón? Ser distinto y no arrodillarme ante nadie, ser justo y no callarme ni ceder. Cometí el error de pensar de forma diferente.

En la celda hace frío y el agua está sucia. Las paredes son altos gigantes a los que jamás podré vencer. Me ahogo en el pozo al que cada día caigo y ya no sé reír ni llorar. Espero que la muerte me gane, espero esfumarme y que la vida me deje descansar. El miedo me impide escribir, me impide cantar. Yo ya no soy yo, y me lamento en mi propia desgracia. Si me hubiesen conocido hace apenas unos años... No pasará.

Ellos ya no vienen a verme. Esas personas a las que les di todo lo que fui y todo lo que tuve me rechazan y me culpan de su sufrimiento. Aprovechan mi dolor para hacerse fuertes y a cada momento conspiran contra mí y piensan en quitarme las pocas fuerzas que me quedan. No aguantaré. Estoy roto, y mi pareja me ha olvidado. Ya nadie me trae ropa limpia, ya nadie me regala su sonrisa, ni tampoco el contacto de sus manos.

Ni las ratas de la cárcel me inspiran confianza. A veces un médico se acerca para hacerme un examen rutinario, estoy pálido y me tiemblan las piernas. No puedo dejar de toser. Busco una luz a través de la minúscula ventana, un soplo de aire que me ayude a estar en pie. Extiendo los brazos por los barrotes y te llamo. ¿Por qué no has podido venir todavía? Creo en ti. Y es por eso que sigo vivo.

En la cárcel hay un patio, y en ese patio una estatua. El mármol dibuja un ángel con grandes y abiertas alas. Algunos días de verano, si a los vigilantes les apetece, me sacan a caminar. El ángel siempre está triste, siempre me mira con ojos de cristal. Entonces paso mis dedos por su cara y lloro. Me gustaría tener alas y volar. Me iría al último rincón soleado del mundo a cuidar de cualquier abandonado. La injusticia ha sentenciado a tanta gente sólo por creer, sólo por hablar... ¿Dónde estabas cuando te llamaba?

Saco el único libro que tengo. Lo abrazo, lo estiro hacia el pequeño haz de luz y empiezo a leer. De repente alguien me llama, alguien viene a buscarme. Miro al suelo y cojo aire. Quiero que termine mi pesadilla. Quiero irme. Quiero olvidarme de todos. Quiero que me dejen ser libre o que acabe conmigo para siempre el frío metal de la silla del garrote vil.







13/03/2012

El miedo de los perros




Sentado en el filo de una hoja seca
observo el cielo fúnebre de la tarde.

El viento agita las páginas de mi vida
y se acerca lentamente la tormenta.
Las piedras ruedan, la tierra arde.

Como una fiera moribunda,
con mi alma sola espero el futuro
que me deparan los relámpagos.

Silencio oscuro dentro de mí.
Escribo mientras siento el frío
invierno pegado a mis zapatos.

El campo, vacío, es un inmenso
lago verde. Los árboles tiemblan,
los espantapájaros se divierten

Llueve, y los truenos agonizan.
Las gotas de lluvia salpican mi frente
y busco refugio en mi tenue corazón.

Disparan las nubes fuertes rayos de ceniza.

Pero yo no tengo prisa.
Soy como un perro hambriento,
esperando un nuevo golpe de la vida.

Vigilando el día por detrás
yo no espero nada más.
Quiero que caiga la lluvia
para que muera la tarde.

La tormenta vuela como
un fin de semana agitado.
Mis ropas se empapan,
yo me hundo en el barro.

Los perros viajan solos
en busca de algo nuevo.
La hierba verde guarda
regalos que escupe el cielo.

Me siento en mi hoja seca
y ha parado de llover.
Dar amor es bueno
pero no funciona.

Soy un perro triste
bailando bajo la lluvia.
Ya no tengo a nadie
y nadie me abandona.



Violencia y medios de comunicación






La violencia forma parte de nuestra vida y nuestra naturaleza humana. Sin embargo, vivimos en una sociedad donde los medios de comunicación y el Estado se empeñan en legitimar algunos tipos de violencia y repudiar e incluso silenciar otros. También confundimos los conflictos con la violencia, y no entendemos un término sin el otro. Es cierto que la conflictividad en sí misma no es perjudicial, de hecho los conflictos son el punto de partida de grandes cambios sociales en muchos países. Los medios de comunicación, en especial la televisión, desempeñan un papel crucial en este sentido. Con frecuencia defienden que la violencia es el único modo efectivo para resolver cualquier conflicto, y eso conlleva tanto la imposición justificada por el Gobierno de la fuerza, como la manipulación de la información que se nos ofrece.

De nuestra pantalla de televisión emana cada día una infinidad de tipos de violencia. A la hora de comer, después de cenar... Cualquier momento del día es bueno para darnos cuenta de lo perversos que son los otros, esos violadores, asesinos y terroristas que parecen formar parte de otro mundo lejano. Niños heridos, hombres ensangrentados, cadáveres, pedazos de carne esparcidos por la arena... Estas imágenes, repetidas a diario en los informativos, ya no nos conmueven. Forman parte de nuestra vida cotidiana. Encendemos la televisión, nos sentamos en el sofá y nos reencontramos con una realidad que aceptamos y creemos. Los gobernantes intentan justificar tanta atrocidad haciéndonos ver que, si no es con armas, torturas, tanques, tiros y muerte, un conflicto no se gana y a los culpables no se les castiga como es debido. Los telespectadores, por nuestra parte, no nos conformamos con las imágenes manipuladas que ocultan lo que en realidad nadie quiere que veamos. Pedimos más espectáculo, más sangre y más emoción como si se tratara de un circo romano. No nos basta con saber que el líder más violento ha muerto: queremos ver su cabeza colgando y asistir a su ejecución en directo y sin interrupciones.


Por otro lado, solemos olvidar que la exposición a la violencia puede generar más violencia. Muchos estudios demuestran que los niños expuestos a contenidos donde la violencia verbal o física predomina experimentan cambios en su comportamiento. Otros programas generan satisfacción y, aquella persona que necesita un empuje para maltratar a su pareja, halla la fuerza gracias a la televisión. No obstante, programas como Sálvame o Gran Hermano, en los que abunda la violencia verbal y la vulgaridad, tienen elevadísimas audiencias. Entonces, ¿es el gusto del público el que determina el material de los medios, o es el material de los medios el que acaba determinando el gusto del público? Quizá las dos cosas. A los medios de comunicación, por objetivos económicos y empresariales, les interesa obtener beneficios y atraer al público. Al Gobierno le interesa manipular nuestra forma de pensar y reforzar el status quo. Muchos intereses se entremezclan y se confunden pero, a fin de cuentas, los más perjudicados somos los ciudadanos. Los medios de comunicación no nos muestran la verdad, aunque crean que lo hacen. Y eso también podría considerarse como otro tipo de violencia: la de ocultar, engañar, controlar y herir sensibilidades.

Aunque a menudo la violencia que emana de las pantallas nos provoca indiferencia, también puede despertar un sentimiento de solidaridad ante el sufrimiento ajeno. El dolor del otro nos ayuda a desarrollar una actitud más crítica, porque nos afecta la situación en la que malviven millones de personas. Los medios de comunicación, si ejercen su papel correctamente, pueden despertar nuestras conciencias y convertirnos en seres más libres y humanos. Si además comprendemos que la violencia no es una cualidad del comportamiento, sino un atributo que alguien que cree estar legitimado para ello le aplica a diversas conductas para controlarlas, nuestro mundo será un lugar mejor. Debemos ser objetivos y entender que la “violencidad” se asigna muchas veces indiscriminadamente, para que el poderoso refuerce su poder y el condenado sea considerado un monstruo al que hay que aniquilar.


21/02/2012

El 21-F que nunca quise




Hoy no es un 21 de febrero de lluvia eclipsada por los rayos del Sol. Hoy no vemos desfiles, ni vamos a ningún concierto. Hoy los niños no sonríen disfrazados por las grandes avenidas de la ciudad. Hoy Valencia está a punto de estallar, pero no por una emoción eléctrica contenida en el fondo de nuestro pecho. El centro de la ciudad es el escenario de una batalla vergonzosa entre policías violentos y adolescentes que empezaron una manifestación pacífica.

Hoy Valencia es un lugar repugnante. Hoy no he cogido el tren para llegar a las 16.30. Si lo cogiera, y bajara en la estación del Norte, y te esperara en la estatua con forma de llama, seguro que me detendrían como a alguna de esas chicas menores de edad a las que se han llevado sin motivo, sólo porque estaban esperando al bus o cruzando la calle delante del Lluís Vives. Hoy no cogeré ningún tren, ni me atreveré a cruzar en dirección al ayuntamiento. Hoy tengo miedo, igual que los padres de Adrián, el chico con la nariz rota que todavía está retenido mientras los medios de comunicación muestran cómo ayer la sangre le chorreaba por la cara.

Cantan los pájaros tímidos, suena la campana de la iglesia del pueblo. Los gatos están hechos un ovillo mientras duermen en sus casas. Iré al bar de abajo, hasta ahí puedo llegar. Es un día intranquilo, quiero ir al otro lado, quiero ir a la facultad. Mis heridas me piden que me quede, la operación está reciente y la fuerza se me acaba.

Quizá todavía esté dolida y no pueda ponerte la otra mejilla. Pero tú sabes que aún hay algo, sólo que no puedo hablar. Te busqué en todos, y ellos me lo echaron en cara. Viví en soledad, pero sólo estaba volviendo contigo. Te saludo desde la otra orilla, desde el dolor y la desesperación. Te saludo con un amor tan grande y hecho añicos que te alcanzará en todas partes.

En los días de vergüenza que se acercan, en las noches violentas de salvaje dolor, aunque tu promesa no cuente para nada, aún así, debes guardarla.

Imagen: J. Navarro



Ánimo y fuerza, Adrián. El amor duele casi siempre, pero hay otras cosas que hoy me duelen más.




20/02/2012

La fidelidad, brumosa palabra






Evolucionar constituye una infidelidad: a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo. Cada día debería tener al menos una infidelidad esencial, una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista, esperanzador. Garantizaría la fe en el futuro, una afirmación de que las cosas no sólo pueden ser diferentes, sino mejores.


A lo largo de nuestra vida, todos nos enfrentamos a alguna clase de infidelidad, ya sea con uno mismo, con los demás, con nuestros ideales o con nuestra forma de ser. La infidelidad, esa falta de fidelidad que muchas veces experimentamos, no es perjudicial en sí misma. En ocasiones, ser infieles con nosotros mismos (o con la sociedad, o con lo que los demás quieren que seamos) no es malo. Romper con una antigua manera de pensar, de vivir o de actuar puede ayudarnos a crecer, a evolucionar y a conocernos mejor. Cada ser humano posee una libertad que nada ni nadie debería cuestionar nunca. Querer avanzar demuestra que somos valientes, que pese a los problemas tenemos la capacidad de mirar hacia el futuro con optimismo. A menudo, nos conformamos con la vida, el trabajo, la rutina y las relaciones que tenemos. El mundo cambia tan deprisa que no nos paramos a pensar en nuestra felicidad, y en si podemos hacer alguna cosa para aumentarla. Nos conformamos con estar vivos y no nos miramos al espejo con ojos críticos. Romper con la comodidad es complicado, pero la mayoría de las veces, tomar decisiones con valentía según aquello que el corazón nos dicta puede ayudarnos a tener una vida mejor y con sentido.


No podemos olvidar que la palabra infidelidad suele provocarnos miedo y prejuicios. Lo primero que pensamos es que si nuestra pareja nos abandonara, el mundo se nos rompería a pedazos. ¿Por qué nunca pensamos que, si nuestra pareja decidiera dejarnos, esto nos haría más fuertes y nos permitiría conocer a alguien mucho mejor? Tenemos miedo. Mucho.

Hay personas cuya naturaleza les perjudica en este sentido. Muchos hombres y muchas mujeres confiesan que necesitan ser infieles a sus parejas porque así obtienen la emoción y la motivación para seguir adelante. Otros afirman que el éxito en las relaciones se consigue cambiando de pareja con frecuencia para no caer en la rutina, en el desánimo o en el aburrimiento. Existen personas infieles que no tienen reparo en admitir su problema, pero otras lo niegan sin cesar.


Caminamos por la ciudad y nos cruzamos con miles de historias anónimas, con miles de individuos de los que no sabemos nada. La infidelidad, hasta en su expresión más inocente, es un elemento más del aire que se respira. En un mismo vagón de metro, una chica rubia de unos 20 años, soltera, mira con disimulo al joven de 25 que tiene delante, guapo y moreno, sin novia desde hace dos meses. Él posa su mirada en la chica castaña de pelo rizado (con pareja desde hace un año) que acaba de subir, de 30 y pico, con gafas de pasta. Un hombre casado, de unos 50, mira a una mujer elegante que se retoca el maquillaje con un espejito. La mujer se fija en un padre de 42 años que está jugando con su hijo pequeño, y piensa en su marido, del cual se separó hace poco.

En la universidad, la tensión se concentra en un minúsculo ascensor. Un profesor catalán, de 39 años, observa con malicia a una estudiante alta y risueña de 22. Ella ha subido con su amiga, de 24, que mira con timidez al chico pelirrojo que bajará en el tercer piso. El chico pelirrojo mira a una compañera belga, con pecas y ojos verdes, que cada día le gusta más. La chica belga recorre con sus ojos verdes la cara del atractivo profesor, que ahora disimula. Nadie dice nada, sólo se escucha una voz automática que les anuncia que han llegado. Se abre la puerta. Todos se van.


En un parque del centro de la ciudad una pareja discute. Empezaron a salir hace un par de años, y hasta el momento han sido más o menos felices. Ella se seca la cara, mojada por las lágrimas, y acusa a su novio de mirar con frecuencia a otras mujeres. La joven, que nunca fue celosa, está enfadada porque cree que a su novio le gusta una de sus amigas, más joven, morena y provocadora. El chico, molesto, se esfuerza en darle explicaciones y se contradice, nervioso. Ella le grita, le dice que no valora lo que tiene, le amenaza con dejarle. Él no se atreve a confesar que su novia está en lo cierto, y que esa amiga le gusta hasta el punto de no atreverse a pasar ni un minuto a solas con ella. Se pone nervioso, muy nervioso... ¿Cómo decirle la verdad? Siente pánico al pensar en otra ruptura, en otra relación fallida más. No podría superarlo, o eso cree.

Amar es una aventura difícil. Crecer también lo es. El problema es que no sabemos estar solos. Somos cada vez más individualistas y egoístas, pero necesitamos tener a alguien que nos apoye o que, simplemente, esté ahí, en cuerpo y alma, para nosotros. Los cambios conllevan dudas, inseguridad y temor. Pero también aportan esperanza, optimismo y fuerza. Evolucionar, día a día y en todos los aspectos, es necesario. Ser felices, y libres, también lo es. Amar a una persona no quiere decir que tengamos que atarla a nuestros deseos contra su voluntad. Amar significa respetar, cuidar, dejar volar lo que más queremos en ocasiones (aunque nos duela). Amar es desear que el otro sea feliz, quizá lejos de nosotros. La resignación es un suicidio diario, y mirar hacia el futuro nos obliga a recapacitar, valorar, a hacernos preguntas.

¿Eres feliz con la vida que estás viviendo? Espero que sí. He tratado de convencerme de que abandonar a una persona (o ser abandonados), o romper con una vieja forma de vivir no es lo peor que podemos hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene que ser una tragedia. Si uno no dejase nunca nada, ni a nadie, no tendría espacio para lo nuevo. Y lo nuevo, si es para bien, será mejor.